domingo, 6 de diciembre de 2009

La Diosa Triple por Miranda Rey

Por Miranda Rey
De su libro LUNA ROJA

La imagen prehistórica de la fuente de la vida era la de una Diosa que simbolizaba tanto el útero transformador como las dinámicas fuerzas generativas que dieron origen al universo y a todas las formas que lo habitan; se creía que era la invisible e ininterrumpida fuerza vital del cosmos y que su cuerpo representaba la creación.

El ciclo lunar y sus fases constituyeron la expresión de esta imagen: la diosa estaba presente en los tres aspectos luminosos de la luna como una trinidad de crecimiento, fructificación y posterior deterioro que reflejaba tanto el ciclo de las estaciones como el de la vida, mientras que la diosa invisible era la fase oscura de la luna, el útero, la continua fuente de vida que no se puede ver. Así, las representaciones posteriores de la diosa de la luna la mostraban como una trinidad en lugar de incluir sus cuatro aspectos, no porque se desconociera la fase oscura, sino porque se trataba de un aspecto que el ojo humano no podía ver, como la luna nueva. Esta diosa era la oscuridad de lo invisible y lo impalpable, la fuente de la vida y el potencial, y encarnaba la conciencia pura que se encuentra detrás de la trinidad de luz; su oscuridad era la esencia de la totalidad del ciclo, ya que las fases luminosas no se podían ver si no era en relación a la oscuridad.

Luego la imagen de la diosa de la vida y la muerte, la oscuridad y la luz –reflejo de la luna y su ciclo-, se dividió en dos: por un lado existía la diosa oscura de las energías destructivas y de la muerte, y por otro la de las energías generativas y la vida. La imagen femenina de la muerte y la destrucción dejó de estar relacionada con la idea compensadora del regreso al útero universal con la finalidad de renacer, y en consecuencia el ciclo lunar de la vida, la muerte y el renacimiento perdió su continuidad, y como resultado la imagen de lo divino femenino se polarizó entre la resplandeciente diosa de la vida y la aterrorizante diosa del submundo, portadora de la muerte.

Las poderosas energías destructivas y la fuerte sexualidad que experimentan las mujeres durante sus ciclos menstruales se fundieron en la imagen de las diosas de la guerra, ávidas de sangre; se ignoró el lado creativo de estas energías y sólo prevaleció la imagen salvaje, sexual y sanguinaria de diosas como Ishtar, Sekhmet y Morrigan, y con el paso del tiempo hasta la acogedora madre de la muerte comenzó a considerarse perversa debido a su asociación con la destrucción injustificable y cruel. Y así el binomio “sexo y violencia” sigue vigente en la sociedad moderna: está presente en gran cantidad de películas y libros, en las violentas violaciones que sufren muchas mujeres. La imagen original, en la que la sexualidad creativa y la muerte se entrelazaban, se ha distorsionado terriblemente: si se analiza a la Destructora –portadora del cambio- desde una perspectiva lineal, resulta atemorizante; pero si la vida y la muerte se entienden como un ciclo continuo, entonces la Destructora se transforma en la senda que conduce hacia una nueva existencia y un nuevo crecimiento.

A pesar de que la mitología suele limitar los distintos aspectos de las diosas catalogándolas simplemente como “buena madre de la vida” o “aterradora diosa de la muerte”, sus imágenes aún reflejan vestigios de la totalidad del ciclo lunar. Por ejemplo Hécate, diosa griega de la luna nueva, era la reina de las brujas y representaba la muerte, y por simbolizar asimismo la fase menguante, era patrona de la adivinación, los sueños y la magia; encarnaba aquella fuerza que proviene de la oscuridad interior y genera las visiones, las compulsiones, la inspiración extática y la locura destructiva, y como era la reina de los muertos empuñaba la antorcha de la regeneración y el renacimiento. Sin embargo en ciertos relatos Hécate llevaba una cinta de luz alrededor de la cabeza y era bondadosa: fue ella quien se apiadó de la apenada Démeter después del rapto de Perséfone.

Era una imagen triple que se veneraba especialmente en momento críticos: de hecho, cuando nos encontramos frente a una encrucijada, sólo podemos ver tres de los cuatro caminos que podemos seguir –que simbolizan las cuatro fases de la luna- pues la cuarta opción siempre queda oculta bajo nuestros pies.

Por otro lado Atenea, diosa virgen de la sabiduría y el intelecto, también revela su aspecto oscuro. La cabeza de Gorgona estaba íntimamente relacionada con ella, y por esta razón su retrato aparecía en el escudo o en el aegis de esta diosa. Según la leyenda Gorgona era Medusa, una mujer que tenía serpientes en lugar de pelo, cuya mirada mortal convertía a los hombres en piedra; además su sangre tenía el poder de matar o renovar, dependiendo de la vena de la que proviniese. El hecho de que tuviera la cara rodeada de serpientes –asemejándose a la vulva- la convirtió en símbolo de la sexualidad, la regeneración, la creación, la renovación y la muerte. Atenea también aparecía retratada como una lechuza, así que además se la asociaba con la muerte y los poderes proféticos.

Un tema recurrente en la mitología es el descenso de una diosa al reino de los muertos para volver a traer la vida y el conocimiento, imagen que refleja el ciclo de las estaciones, el de la luna y el de la mujer. En la leyenda griega, Perséfone –hija de Démeter, diosa del trigo- fue raptada y llevada al submundo contra su voluntad. En su terrible dolor, su madre despojó al mundo de la fertilidad y el crecimiento hasta que Perséfone apareciese, pero la joven sólo podía regresar completamente sino se apropiaba de nada que perteneciese al submundo; al caer en la tentación de comer algunas semillas de granada no cumplió con esa condición, así que sólo se le permitió volver con su madre siempre y cuando regresase al submundo una vez al año.

Démeter simbolizaba el trigo, mientras que Perséfone, o Kore, era la Doncella de esa planta, su semilla. La historia refleja el principio de unidad que presenta el ciclo de la luna, donde hija y madre tienen la misma naturaleza: por eso cortar el trigo y “darle muerte” no significaba eliminar aquello que lo hacía crecer, sino que se trataba simplemente de un proceso necesario para permitirle volver a la vida. Perséfone –el grano del trigo- permanecía en el submundo hasta que renacía en la primavera, y durante esa época del año era la reina de los muertos.
El descenso de Perséfone también puede considerarse como un reflejo del ciclo femenino y el de la vida: una vez al mes, en la fase menguante de su ciclo, las mujeres se “retiran” para reposar en la oscuridad de la menstruación. Perséfone, al igual que Eva, coge el fruto carmesí de la menstruación y queda unida a un ciclo de introspección, renovación de energías y descenso al submundo. Arriba, en el mundo exterior, Démeter hace que las energías de la fertilidad se retiren y hagan llegar el invierno, y así refleja la armonía que existe entre el ciclo femenino y el de la tierra. Durante la menstruación la mujer retira sus energías del mundo exterior y se concentra en su interior, facilitando su propio crecimiento y comprensión con el fin de aplicar ese conocimiento en su vida cotidiana; en relación con las estaciones del año, tanto Perséfone como la mujer que está menstruando están atravesando el invierno, momento en que repliegan sus energías fértiles. Para una doncella, el primer descenso a la oscuridad es necesario para convertirse en madre; los descensos sucesivos que tienen lugar todos los meses permiten que la mujer vuelva a albergar en su interior la parte más joven de sí misma, para poder dar inicio a la vida otra vez. Acompañar cada mes a Perséfone significa descender al submundo del subconsciente, acercarse a la fuente de la vida y la conciencia y dar sentido y armonía a la vida.

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